La muerte lúcida: la práctica de la inmortalidad

El sentido de la trascendencia

El viejo paradigma materialista que viene predominando en los últimos quinientos años está agotado porque ha cerrado definitivamente las puertas de la trascendencia a la Humanidad y ha derivado en un modelo de pensamiento ficticio que idiotiza y desconecta al ser de sí mismo y de la realidad. Le impide atreverse a pensar, a crear y a amar; le mantiene enchufado permanentemente a las corrientes del miedo y del sufrimiento, de tal manera, que aunque a la persona le vaya bien en la vida, siempre va a tener algo que lamentar, por lo que sufrir, una carencia que alimentar, que necesitará llenar mediante ideologías, creencias y diferentes artilugios para la evasión, manteniéndola en una circularidad sin fin y sin salida.

La salida que se vislumbra hoy para romper esa circularidad viene dada por la recuperación del sentido de la trascendencia. La base esencial de este sentimiento es la certeza y la autocomprobación de la continuidad existencial de la conciencia. Mientras el Hombre no perciba de manera clara, posible, fácil, su continuidad existencial, la posibilidad de ser libre por sí mismo y por su propio esfuerzo de creencias, miedos, enfermedad y manipulación, se seguirá nutriendo de esa circularidad.

Para la conciencia, la idea de la muerte, la idea de dejar de existir, resulta hasta cierto punto inconcebible e insoportable. De hecho, el miedo a morir es un miedo a perder la identidad, a perder la individualidad.

En cada muerte humana, la persona vuelve a ponerse a prueba en el gran desafío que supone la evolución a través de grandes ciclos terrestres y extraterrestres. Debido a la falta de educación y de entrenamiento en nuestro desarrollo trascendente, en lo que llamaría la práctica de la inmortalidad, con cada muerte, volvemos invariablemente a arriesgar de nuevo la desconexión con el hilo de nuestra identidad. A causa de seguir perdiendo el recuerdo y la lucidez, tanto en el renacimiento humano como en el periodo post mórtem, el hombre vive atemorizado ante la idea de la muerte.

El miedo a perder la identidad es un miedo larvado que arrastramos evolutivamente y que, cuántas veces no habremos encarado en tantos lechos de muerte, y en tantos periodos previos al renacimiento terrestre. En esos momentos decisivos y cruciales para la supervivencia de nuestra lucidez, cuántas veces no nos habremos dicho la misma cosa: “pero, ¡caramba! ahora que me había acostumbrado a ser alguien, ¿de nuevo tengo que volver a la nada?”.

Y es que, se mire como se mire, cuando una persona se contempla consciente de tantas posibilidades y potencialidades, con tanto por hacer, en disposición de un mundo íntimo tan rico y creativo que demanda más conocimiento de todas las cosas ¿dónde encaja la idea de la muerte?

A la conciencia no le cabe intuitivamente la posibilidad de desaparecer para siempre.

Sin embargo, observamos que hay factores poderosos que pueden determinar que muchas personas terminen aceptando, casi a la fuerza, la idea de morir para siempre, al menos en la forma, porque no termino de estar tan segura de que en el fondo también sea así.

Veamos algunos argumentos para la reflexión:

  • Por razones derivadas de la evidencia sensorial en una dimensión marcada por el tiempo lineal y donde resulta incontestable que el que se va no vuelve. Este sigue siendo un factor muy argumentativo,principalmente en nuestras culturas exentas de educación experimental sobre la naturaleza trascendente de la conciencia y la continuidad existencial. Esta es la postura más común frente a la muerte derivada de la acomodación y la pereza mental.
  • Por causas de sufrimiento físico y/o sufrimiento moral sin resolver, y por falta total de perspectiva y esperanza individual y grupal. Esta causa representa la aceptación de la muerte como punto final al dolor. Es la postura de los que han tirado la toalla en la vida.
  • Otro argumento poderoso aparece en poblaciones de individuos con resistencia al cambio y a la realidad natural de tener que asumir las consecuencias de susactos en una trayectoria evolutiva multidimensional. Es la postura de los que aceptan la idea de la muerte como liberación de compromisos mayores con uno mismo y con los demás, los que creen permanecer exentos de todo porque “solo se vive una vez”.
  • Con respecto a esta última postura he observado reiteradamente en mis cursos y conferencias, cómo la idea de la supervivencia de la conciencia es una mala noticia para sus seguidores. Este posicionamiento pone en evidencia la negación a aceptar que cada uno es el resultado de sus acciones y elecciones pasadas y presentes. Y esto ya representa en sí mismo la negación del compromiso vital, la aceptación de responsabilidades con uno y con los demás.

El impulso evolutivo es algo imparable. La evolución de la conciencia es un proceso creativo incesante y que está corroborado por los siguientes hechos:

  • La incorporación constante e irreversible de conocimiento más allá incluso de la propia voluntad.La vida es adquisición de conocimiento por defecto.
  • La aplicación de ese conocimiento en una acción determinada. Esto amplía, reevalúa y transforma la sabiduría que se tiene de las cosas.
  • La tendencia por parte de la conciencia al dominio de la energía. La evolución es inseparable del conocimiento de modalidades infinitas de energía.
  • El autodescubrimiento de la ética.

La conciencia conserva su conocimiento, por eso solo evoluciona hacia delante. Ese conocimiento lo reorganiza, lo experimenta y lo pone a prueba en cada vida humana. Con ello gana la plusvalía de aquello que adquirió por la experiencia directa que ahora se archivará en su memoria global como sabiduría porque ya es de su propiedad, ya no es un deseo ni un mero discurso mental. Ya no piensa que es, ahora sabe que es. Esta es la poderosa e indisoluble alianza de la idea que se funde con el sentimiento y crea vivencia interna. Esta es una conquista evolutiva.

Podemos inferir que cada individuo trae a la Tierra el saldo de su nivel evolutivo global porque se observa que todos somos diferentes a pesar de la genética y de la educación. Por tanto, el hecho natural de que el sentimiento de inmortalidad tenga un significado para la persona, unido a la necesidad imperiosa de querer saber quién es, cuál es la finalidad o sentido de su vida y, sobre todo, qué pasa después de la muerte, actúa en su conjunto como un efecto despertador del conocimiento previo que ya tiene, y moviliza poderosamente al individuo para que encuentre sus respuestas.

El sentido de la trascendencia no está necesariamente relacionado con la inteligencia, ni siquiera con la genialidad, porque es mucho más y algo diferente a la vez. De hecho, cuántos sabios reconocidos vemos que no tienen la vivencia de la continuidad existencial.

La trascendencia es un sentimiento que transmite la certeza de saber que somos más de lo que la materia ha conseguido revelar de nosotros. Por eso tampoco está relacionado con creencia alguna; si no lo tienes despierto, por más que intentes extraerlo de alguna fuente o por adhesión a alguna ideología que te lo transmita, no dejará de ser otro añadido intelectual a tu vida.

Tener activado el sentido de la trascendencia permite apoyarse en un lugar interno más seguro, y aunque uno siga albergando aún muchas dudas acerca de tantas cosas, al menos, ya tiene claro que la continuidad es un hecho y con ello la tranquilidad suficiente para seguir indagando sobre una base más firme.

Por eso ahora se trata de desarrollarlo, ampliarlo, compartirlo, para que deje de ser un sentido clandestino, de unos pocos, que encima se pueden llegar a creer especiales, y podamos encararlo como un BIEN DE LA HUMANIDAD, como la clave para el cambio de conciencia, el cambio necesario de un paradigma materialista que agoniza porque no fue capaz de vivenciar el sentido de unos enunciados esenciales:

  • Una Humanidad que habla de amor y que no sabe amar.
  • Una Humanidad que habla de libertad y que vive atada y manipulada.
  • Una Humanidad que habla de crear y que repite y copia.
  • Una Humanidad que habla de espiritualidad y que vive muerta de miedo ante la idea de que un posible espíritu se la aparezca.

El nivel evolutivo

Se puede detectar el nivel evolutivo de una persona por el grado de lucidez y coherencia que sostiene en su acción diaria, en cómo organiza su vida, en el ejercicio de su honestidad y en el dominio consciente que tiene de su energía.

El nivel evolutivo de cada uno actúa de despertador individual aquí en la Tierra. Por eso, entre otras cosas, somos todos tan distintos, y por eso también nos podemos explicar por qué unos despiertan del sueño terrestre y otros no lo consiguen en esta vida.

El nivel evolutivo ejerce una presión en el individuo para que éste se haga preguntas y busque respuestas, produce urgencia por dar con la verdad y no le vale cualquier cosa. Se aprecia en el coraje y la determinación que despliega la persona a la hora de ir en busca de sus sueños, poner en práctica sus ideales, y en el compromiso ético que asume al hacer extensivo y comunicar el conocimiento que ha recuperado en la tierra.

Podemos pensar que, a partir de un momento dado, y por la propia saturación vivencial en tantas vidas, empezamos a venir equipados con un conocimiento innato de las cosas más efectivo, podríamos decir con una energía cualitativa de cierta genialidad que va a tener urgencia por volcarse y por imprimirse en la vida humana. No será una energía fácil de ocultar, ni de mantener en silencio, sin embargo, qué valoración y qué utilización le vamos adar a esa genialidad en la práctica, ya es otro cantar.

Desde este enfoque, todos podemos ser un poco genios. Cuánta gente no tiene, de hecho, ideas geniales a lo largo de su vida, solo que si no pone empeño en realizarlas, no van a servirle de gran cosa.

El genio es el que dispone del coraje y la motivación suficientes para llevar a cabo sus proyectos y poner a prueba sus ingenios. Se atreve a poner en duda supuestos muy aceptados y percibe lo evidente cuando nadie lo ve.

Esto es resultado del nivel evolutivo de una conciencia y no es mero producto genético. Es resultado de un conocimiento previo aquilatado en numerosas vivencias anteriores donde se estuvieron exprimiendo los recursos de la mente, de la intelectualidad, de la adaptabilidad, y que en la actualidad presente desbordan creativamente impulsados por la fuerza irresistible del propio progreso.

Cuando es así, el individuo experimenta una necesidad urgente de poner en movimiento, reordenar y actualizar todo ese material, en un juego libre de talento creativo y exquisita sensibilidad.

Vamos a observary analizar esta idea en la que insisto con convicción: el individuo, a partir de un determinado grado de evolución personal, viene principalmente a la vida humana a recuperar su propio conocimiento y no tanto a adquirir algo nuevo.

En un momento dado en la evolución personal, el conocimiento que ya posee la conciencia supera con creces el conocimiento promedio de su cultura. Su forma ahora de aprender consistirá en recuperar lo que ya sabe y aplicarlo. La Tierra es el lugar de concreción, de materialización de los saberes.

Por lo general, llamamos aprender a lo que no es sino un mero ejercicio de recuperación de datos. La familia, la escuela, los grupos de pertenencia, los amigos, las experiencias de vida no son sino meros detonantes de nuestros saberes y de nuestras dificultades también, una especie de entrenamiento necesario para recuperar la lucidez en la Tierra.

El desafío que tenemos hoy aquí una gran mayoría de personas está más enfocado a la aplicación de lo que ya sabemos que a la adquisición de cosas nuevas. Tanto la memoria global de la conciencia, como la cerebral de la personalidad actual, están repletas de información. Se trata pues, si queremos empezar a activar nuestro nivel de evolución, primero de asumir que ya sabemos mucho, lo cual no puede confundirse con un acto de vanidad, porque lo que está en juego es un principio de responsabilidad con el conocimiento que uno posee.

A continuación, se trata de romper la inercia y el temor que mantiene a la persona evolutivamente muy preparada, en ese lado menos comprometido del llamado aprendizaje, o sea, detrás del pupitre y que la responsabilidad la tome otro que, por lo general, no tiene ni mucho menos sus cualidades y sin embargo, está ahí echándole cara con mucho ego y/o con mucho valor.

Es curioso observar a tanta gente capacitada sumida en la trampa del llamado aprendizaje interminable. Ahí vemos como la falta de valoración, la inseguridad personal, la falta de coraje a la hora de hacerse cargo de los talentos y asumir las responsabilidades propias del nivel evolutivo de uno, deja a las personas atrapadas en la dinámica de ese aprendizaje secundario, en el consuelo de estar activos, haciendo algo, en la falsa ilusión de seguir y seguir adquiriendo conocimiento. La persona no cae en la cuenta de que eso ya lo ha hecho en el pasado y que ya viene entrenada para una parte más activa.

Asimismo, comprobamos que todo eso solo conduce a un punto de saturación, de insatisfacción, que termina volviéndose en contra y creando en el individuo la desazón patológica de no saber nunca lo suficiente. Bloquea la acción del propio conocimiento recuperado en tanto reaprendizaje y lo que es peor, impide que el proceso creativo se instale, que la genialidad fluya libremente y que la persona se atreva a ser desde sus propias convicciones.

El verdadero estado intelectual de la conciencia evolucionada es el autodidactismo depurado, es decir, la manifestación directa del propio conocimiento expresado con la creatividad y la autenticidad de los talentos en acción, cuando la persona ¡por fin! se atreve a pensar por sí misma y a ser ella misma.

Una de las grandes opciones que tenemos aquí en la Tierra es que, gracias a la atmósfera temporal, y a coincidir con tanta variedad de especies evolutivas, nos podemos diferenciar. Luego, no estamos aquí para igualarnos, sino para reconocernos y diferenciarnos en nuestra singularidad, entre la multitud y en la diversidad.

Muchos de nosotros ya hemos estado durante muchísimas vidas entrenando los circuitos del saber, por eso que la intelectualidad aflora rápidamente con un poco de entrenamiento académico. Además, hoy tenemos a nuestro alcance en Internet los referentes de un volumen de información, como nunca antes tuvimos, luego, ¿por qué permanecer a la deriva, sin confiar en nuestras genuinas potencialidades, en nuestros talentos naturales? ¿Por qué estamos más dispuestos a depositar ya sea por ingenuidad, por comodidad, o por inercia, todo lo que somos en el primero que nos prometa un trabajo remunerado seguro, la salvación, la guía, o la paz?

Estamos aquí para buscar respuestas, no para buscar a alguien

Venimos fallando y seguimos fallando en la aplicación de la información que hemos recuperado. Y no hay progreso evolutivo real mientras no se aplique esa información, mientras no se ponga a prueba en la práctica. Solo entonces alcanzaremos la posibilidad de nuevas enseñanzas.

El verdadero conocimiento es inseparable de la acción.

Los talentos son cápsulas de energía, reservas energéticas infinitas de alta calidad, que se retroalimentan de su propia acción y proporcionan al individuo climas de autogratificación inconmensurables.

Sin embargo, cuando no están siendo debidamente utilizados, los talentos se revelan con una gran potencia destructiva. La persona puede enfermar de talento, porque esa misma energía se le vuelve en contra y mina las estructuras psíquicas del individuo. Le vuelve agrio y amargo en su carácter, resentido con la vida, con los triunfadores, envidioso del éxito ajeno, cruel y mordaz con los fallos de los demás. Curiosamente, cuando conocemos a alguien así solemos pensar, “con la de cosas que podría hacer con lo que vale”.

Esta postura tan generalizada de incoherencia entre lo que se sabe y no se aplica, el coraje que no se ejerce en ese cambio de vida, en la activación de los talentos, en la defensa de ese principio personal o de esa vocación, abre grietas profundas en nuestro sistema de conciencia.

Por esas fisuras se va resquebrajando la ética personal, se empieza a ceder terreno a la propia corrupción, a las concesiones nocivas para la identidad. Con ello, en lugar de tener más confianza y fortaleza interior, el individuo va quedando a merced de sus peores debilidades y de sus más feroces corruptelas.

Esta actitud de cobardía evolutiva termina minando los mejores sueños y anhelos, a la par que deja todo el espacio libre para esa sensación de imposibilidad y de fracaso. La estructura de la conciencia se fragiliza y se rinde ante los miedos más terribles y la inseguridad. A partir de ahí, el miedo a la muerte está servido. La muerte reúne y aglutina en última instancia todos nuestros miedos y debilidades. Es el cajón de sastre donde van a para todos los temas no resueltos en el tiempo de vida que teníamos acordado.

Curiosamente, la gente es temerosa de lo desconocido cuando la muerte no viene sino a conectarnos de nuevo con lo que es conocido y familiar para el individuo, ya que:

  • En el supuesto de pasar por la muerte lúcida, a la persona se le abre la puerta de par en par a la máxima expresión de sí misma y al reencuentro con su grupo evolutivo de afines, en su unión de procedencia, luego, con todo lo que le era familiar hasta el momento de su renacimiento terrestre.
  • En el supuesto de una muerte ordinaria, poco lúcida, la persona permanecerá enredada en el mundo de sus emociones y conflictos no resueltos u omitidos, en soledad o con los individuos implicados en los flecos e hilachas del momento evolutivo en el que se encontraban todos ellos, luego, siguen siendo sus aspectos familiares.
  • En el supuesto de tener lugar una muerte sin ninguna lucidez, el periodo de recuperación post-mortem será largo y variable y al no haber atisbo alguno de claridad mental no habrá nada que reconocer, ni nada que temer.

Luego la muerte lo que viene es a enfrentar nuevamente al individuo con su realidad, nadie se va a encontrar después de la muerte con algo que le sea ajeno en ningún sentido. Así que nos podemos preguntar si en lugar del miedo a lo desconocido que supuestamente produce la muerte, ¿no será más bien miedo a lo conocido, a todo lo pendiente y sin resolver, a todo eso que se viene arrastrando vida tras vida y que el sujeto se ha resistido de nuevo a solucionar? Porque en la vida humana sí que podemos perder el tiempo, después es imposible, porque ya no hay más tiempo.

Cuando el individuo se volvió a tomar la vida como válvula de escape y no aprovechó su oportunidad, es probable que le tenga miedo a la muerte. No por la muerte en sí, pero él ya sabrá por qué.

Es un hecho que dejar capítulos abiertos crea patología y ocupa espacio conciencial porque lo inconcluso siempre vuelve. Vuelve en una vida humana y vuelve a lo largo del ciclo evolutivo. A menudo me pregunto, ¿por qué hay esa tendencia en el ser humano a identificarse tanto con el sufrimiento? ¿por qué hay tanta resistencia a ser feliz, a soltar los conflictos, a reconciliarse? La persona que no se perdona del todo, que no se reconcilia, que no suelta, es incapaz de renovarse. Se convierte en un remolque evolutivo. Y tarde o temprano nos enfrentamos a lo que somos.

Por eso, conviene reflexionar en profundidad acerca de todo aquello que cada uno tiene pendiente de concluir al día de hoy, y no estaría de más que se empeñara en resolverlo ya.

La tendencia en el Universo es a la economía de energía. Las acumulaciones no son económicas porque son un lastre que hay que remolcar y eso siempre resulta caro.

Soltar lastre es un buen comienzo para la muerte lúcida.

La muerte lúcida no es una forma de morir, es una forma de encarar la vida con conocimiento y vivencia de la trascendencia, es un concepto que supone que la persona ha vivido con lucidez, con plenitud, conocedora de su realidad multidimensional y emprende el viaje con la confianza, la alegría y el amor que le otorga conocer su presente continuo.

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